Dos cadáveres pudriéndose en el río

Nunca habría muerto por una mujer, pero aquella experiencia me enseñó que, a veces, las personas cambian. Que la belleza puede encontrarse en cualquier parte, incluso en un cadáver pudriéndose en un río. En mi caso, puedo decir que nunca he visto nada más hermoso. Las moscas posándose en sus labios demudados, el agua penetrando y rebosando todos sus poros, su rígida posición, boca abajo, como si todavía viviese y quisiese, de esa manera, ocultar el secreto que la atormentaba. Un secreto que ya no tiene misterio para mí.

Y podría continuar. Sus miembros amoratados, hinchados. Todo su cuerpo emana, así, la sensualidad del que se da por completo. Pues sus extremidades no luchan contra el agua agitada. Nada en su cuerpo ofrece resistencia al sagrado elemento. Todo lo contrario. Se entrega. Comprende que el agua sólo ofrece violencia si uno se resiste con violencia y se une a ella dejándose penetrar y acoplándose a su movimiento, no como un monigote arrastrado por la marea, sino como una sirena en una danza arcaica. Todo eso es lo que produce en ella sensualidad. Una sensualidad que ya tenía en vida y que se ha sublimado gracias al acto violento que le ha causado la muerte. Un acto del que, en parte, soy culpable. Pero no voy a extenderme más describiendo el placer que supone para mí la contemplación del cuerpo sin vida de Verónica. Cualquier podría tomarme por un perturbado con un patético empacho de lirismo. Supongo que, en parte, es verdad. Aún así, contaré todo desde el principio.

Yo era médico forense. El motivo que me había llevado a terminar dedicando mi vida a diseccionar miembros humanos era noble. Siempre había querido ser un héroe y, desempeñando mi oficio, contribuía a que la balanza de la Justicia fuera más precisa. A quién quiero engañar. Lo de la balanza de la Justicia suena muy bien. Pero mi motivación era mucho más egoísta y cobarde. Maté a mi hermano. Yo tenía cinco y él tres. Le di uno de mis muñecos de lego para que jugara. Indiana Jones, mi favorito. Un legado importante, que demostraba mi cariño y aceptación. A los pocos minutos mi hermano moría atragantado. Crecí con la mirada acusadora de mi madre pendiendo sobre mi nuca. Nunca me culpó abiertamente. Así que supongo que terminé siendo médico forense porque, cuando trabajas con muertos, no corres el riesgo de matarlos otra vez. También porque dedicarme a algo relacionado con la Justicia, era la forma de pagar la culpa por haber causado la muerte de mi hermano.

La noche en la que conocí a Verónica, me encontraba frente al cadáver de un alto cargo político. Me ahorraré aburridos tecnicismos diciendo que todo apuntaba a que el sujeto había sido envenenado con cianuro. Mientras terminaba con mi cometido, recibí un mensaje de Sara: “Llegaré media hora tarde”. Sin más explicaciones. Sólo nos habíamos visto un par de veces. De repente, se me quitaron las ganas de salir. No porque fuera a tener una cita difícil con la reina de Alejandría. Era porque la gente viva me daba pereza. No me apetecía mantener una conversación aburrida, en un lugar aburrido, ni tener sexo aburrido. Últimamente ni siquiera me apetecía masturbarme. Sólo tenía ganas de instalarme en aquella sala, junto al afortunado cadáver, y dormir. Justo cuando empecé a fantasear con la idea, apareció ella. Verónica. Nada más entrar, me ordenó que me quitara los pantalones.

— ¿Cómo te llamas? — pregunté.

— Puedo ser quién tú quieras que sea.

— Yo quiero tu nombre.

— Verónica — dijo, con una sonrisa pícara —. Aunque yo no preguntaría de nuevo… Corres el riesgo de que cambie.

— Verónica — repetí yo, como un imbécil.

No quise volver a preguntar cómo se llamaba.

— ¿Qué haces aquí, Verónica?

— Mi marido… Me lleva engañando mucho tiempo. Necesito confiar en alguien.

— Apenas nos conocemos y sigo sin saber qué haces aquí.

— Tú eres el único en el que puedo confiar.

— Eso no tiene sentido.

— Tú eres la única persona, aparte de mí, que sabe cómo murió mi marido.

Le eché una mirada instintiva al cadáver y, de pronto, comprendí.

— Lo máximo que puedo hacer es fingir que esta conversación no ha existido —contesté, mirándola fríamente—. Adiós.

Pero ella no parecía dispuesta a irse. Se acercó a mí, se puso de rodillas y desabrochó mi pantalón. Después de jugar un rato se puso a cuatro patas, dándome la espalda. Se levantó suavemente el vestido, mostrándome sus nalgas desnudas, y giró la cabeza, mirándome a los ojos. Yo me postré. Había fantaseado con pasar la noche allí y la fantasía se había cumplido, superando cualquier expectativa. Repetí varias veces su nombre, el único que sabía. “Verónica”.

Cuando terminamos, me dijo que debía encubrir aquel asesinato. Sí, había sido ella, pero su marido era un pederasta. No merecía vivir. No había problema. “Puedo intentarlo”, contesté, abrazándola. Nunca me había sentido tan bien siendo utilizado por una mujer.

Luego llegó la bala, desde la pistola que acababa de sacar de su bolso hasta mi sien.

Pudriéndome en el río, empecé a pensar: “¿Por qué lo hizo?”. La respuesta apareció enseguida: porque es inteligente. Porque barajó la posibilidad de que la delatara. Porque “puedo intentarlo” lo dice la gente mediocre. Ahora, flotando en el agua como un muñeco de madera, siento que los peces me hacen cosquillas en los pies. Aunque supongo que no serán cosquillas, sino una reminiscencia de cuando mi cuerpo estaba fresco y vivo.

Verónica no sólo me ha enseñado a amar. También me ha enseñado el valor de las promesas. Unos segundos antes de que su arma me callara para siempre, vi su cara contrayéndose por el dolor y varias lágrimas cayéndole por las mejillas. No  nada, pero su gesto prometía algo similar a: “Nos veremos pronto”.

Nunca una espera se me había hecho tan larga, pero sabía que vendría. Ya no le quedaba nada que hacer en el mundo, sólo entregarse al amor, para sanar esa herida que se abre cuando se está mucho tiempo en contacto con la gente.

Vendría. Sabía que yo era el único ser capaz de comprenderla. La única persona que podía darle un refugio entre la podredumbre. El único que la esperaba después de la muerte. Me había reventado la cabeza, pero no le guardaba rencor. ¿Qué podía hacer si no? Probablemente llevaba años pensando que su marido era alguien limpio, mientras hablaban, tenían sexo, dormían juntos. Ella creía conocerle mejor que nadie. Sabía sus manías, sus cualidades y sus mezquindades. Todo parecía transparente. Hasta que se enteró de que abusaba de su sobrina de seis años. Es más, llevaba abusando de niñas casi tanto tiempo como la conocía.

Tras el asesinato de su marido, le quedaban varias opciones. Una de ellas era ponerse en manos de alguien que le inspirara confianza para salir de aquella situación. Pedir ayuda era lo más sensato. Pero, después de todo lo que había pasado, ¿cómo ponerse en manos de alguien sin volverse loco? ¿Cómo volver a confiar? La otra opción era la supervivencia. Parecía más apropiada. No fiarse de nadie. Creyó que era lo más adecuado y por ese motivo me disparó cuando tuvo el primer atisbo de duda. Entonces se dio cuenta de que no podría contarle a nadie lo que me había revelado a mí. Las reglas de la supervivencia son estrictas. Cualquier extraño es un enemigo. Había cometido aquel asesinato sin ningún cómplice, por tanto todos se habían convertido en extraños.

Todos son extraños ahora. Excepto yo. Yo guardo su secreto. En mí puede confiar porque tiene la absoluta certeza de que no voy a decir una palabra. Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que ha hecho por mí.

Finalmente, llegó. Lo sabía. Cuando cayó al agua, el aliento de vida ya la había abandonado. El encuentro fue conmovedor. Casi lloré al descubrir que era una herida de bala lo que brillaba en su frente. Nunca había sido tan feliz. De todas las muertes existentes, había elegido para ella la que me había regalado a mí. Es la mayor prueba de amor que nunca nadie me ha mostrado.

Ahora la contemplo. Al principio parece reticente, como si le diera vergüenza aproximarse a mí. Veo la sangre brotar de su herida reciente, sus bellos sesos esparcirse por el agua, convirtiéndose en alimento para los peces, y me muero de deseo. No aguanto más. Me acerco a ella. Nos miramos con la vista ida, con una mirada que sólo tienen los locos, los enamorados y los muertos. Ella parece triste. Con la mirada me pregunta qué pasará ahora. Yo le contesto que tenemos toda la eternidad para descubrirlo. Su mirada, algo contrariada, me dice que me deje de frases rimbombantes y que hable desde una perspectiva realista. ¿Qué pasará cuando ella comience a descomponerse y pierda la belleza que caracteriza a las mujeres vivas? ¿Qué pasará cuando los peces pongan huevos dentro de su cuerpo? Mi mirada la calma y le confiesa que no se puede estar más enamorado, que su deliciosa descomposición sólo conseguirá excitarme todavía más. Será la confirmación de que nada puede detenernos. Pues estamos abocados a la nada y la nada no tiene límites. Ella se tranquiliza y aproxima más su cuerpo al mío, de manera que noto cómo el calor la abandona.

Mientras flotamos por el río como dos amantes que siempre están desnudos, no puedo evitar preguntarme si esto es amor y no una reminiscencia de cuando todavía respiraba. La duda se disipa enseguida. Es imposible que sea una reminiscencia porque nunca en vida había experimentado este sentimiento. Hemos pronunciado unos votos que demuestran que los matrimoniales son una falacia, pues nuestro amor ha convertido a la muerte en la cuna en la que se mecerá eternamente.

Somos invencibles. Somos héroes.

Somos dos cadáveres pudriéndose de amor en el río.

Por Carolina Corvillo

© 2019 por Carolina Corvillo.
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