Prólogo de "Retorno a Roissy". Una muchacha enamorada. Impresiones.

"Cierto día, una muchacha enamorada dijo al hombre que amaba: yo también podría escribir una de esas historias que te gustan... ¿Tú crees?, respondió él. Se encontraban dos o tres veces a la semana, pero nunca en las vacaciones, nunca en los fines de semana. Cada uno robaba a la familia o al trabajo el tiempo que pasaban juntos".



Así empieza el prólogo de "Retorno a Roissy", titulado "Una muchacha enamorada". Pauline Réague, pseudónimo de Dominique Aury, escribe sobre los motivos que la llevaron a escribir "Historia de O" en el comienzo de una segunda parte que se publicaría muchos años después de que el rompedor libro sobre una fotógrafa entregada por su pareja en un castillo en el que se practica sadomasoquismo sobrecogiera, excitara y asustara a la comunidad de lectores. Detrás de la historia de dominación, entrega absoluta y dependencia hacia Sir Stephen, hay una escritora sensible e insegura que desea ser amada por alguien con quien tiene que desprenderse de cualquier ansia de perpetuidad, puesto que el amante se debe a su esposa y a sus hijos.

El personaje de O emerge en la imaginación de Réague en un intento de seducción a un hombre que escucha a sus sentidos y pasiones, pero sólo se atreve a darles rienda suelta en el terreno de lo prohibido, los ratos no oficiales, los momentos en los que su familia piensa "está trabajando por nuestro bien". La muchacha enamorada escribe pensando en complacer al amado que se le escapa entre los dedos constantemente. Imagino a una amante ansiosa, nerviosa, llena de incertidumbre, escribiendo para llamar la atención de alguien que finge no verla, pero que luego se entrega a ella en la habitación de un hotel. "¿Me ama?", piensa. Escribir es seducir. La chica escribe para darle algo que ninguna otra podrá darle. "Historia de O" es una pieza elaborada con elegancia, sensibilidad y erotismo. Una carta de amor desesperada, seductora e irrepetible. O emana poder desde su posición de sumisa. El amante de Réague, Jean Paulhan, se dio por satisfecho y prologó la novela, que se publicó en 1954. Paulhan escribe en el prólogo:


"Pero ¿es cierto que no interviene (la decencia)? No estoy pensando en la decencia, un poco sosa y falsa, que se contenta con disimular; que huye de la piedra y niega que la vio moverse. Hay otra clase de decencia, la irreductible y pronta a castigar; la que humilla la carne con la suficiente energía como para devolverle su integridad primera y, por la fuerza, la hace retroceder a los días en los que el deseo no se había declarado todavía y la roca no había cantado. Porque, para satisfacerla, es preciso nada menos que las manos estén atadas a la espalda y las rodillas separadas, los cuerpos descuartizados, y sudor y lágrimas".


Jean Paulhan desarma la decencia y le da otro significado: la decencia no es la convencional hipocresía sexual. Hay una decencia de la que no se


habla mucho, que consiste en aceptar lo que se desea, la que afronta la catarsis que "restablece el orden". O, pese a entregarse, es dueña de su cuerpo y de su sexualidad. Sabe lo que le excita y busca la manera de satisfacerse sin miramientos morales. Cada paso en el camino de la sumisión, es un paso hacia una recompensa placentera. En el castillo de Roissy nadie está en contra de su voluntad. Ese extracto conecta de alguna forma con una afirmación del Prólogo de Réague en "Retorno a Roissy": "Pero Sade me ha hecho comprender que todos somos carceleros y que todos estamos presos, en el sentido de que siempre hay en nuestro interior alguien a quien nosotros mismos encadenamos". Reconocer la existencia de ese "alguien" a quien encadenamos, forma parte de la decencia en el sentido que utiliza Paulhan.

Con "Historia de O" la escritora consigue el impacto deseado en su amante. "Es indudable que "Historia de O" es la carta de amor más feroz que haya recibido hombre alguno", escribe Paulhan en el prólogo. Victoria exultante para Réague.


En el prefacio de "Retorno a Roissy", sin embargo, observamos que la autora ve a O con perspectiva. Y, entonces, tiene la decencia de escribir, antes de continuar con la tragedia en la que desembocará O, "Una muchacha enamorada". En la ferocidad y en la contundencia de lo escrito, hay un corazón que tiembla, tierno. Así se muestra lo que Jean Paulhan omite en su vistoso y rompedor prefacio de "Historia de O": detrás de O hay una persona que desea recobrar el control de su existencia, una persona llena de incertidumbre que ha convertido la indiferencia de puertas afuera de su amante en una manifestación de amor. Cuanto más humilla a O Sir Stephen, más se manifiesta el amor que experimenta hacia ella en el primer relato. También, de pronto, podemos observar el castillo de Roissy como si de una maqueta se tratara. En la gran casa de muñecas que construye la escritora para dar cobijo a su pasión ilegítima, se intuye un deseo de establecer normas: las mujeres deben ir vestidas de esta manera, deben comportarse así, los castigos a tales faltas son estos. Ninguna acción de las chicas está exenta de una respuesta previsible impuesta por el más estricto protocolo. Existe en Roissy una sistematización enorme del placer. Así habla Réague de la construcción del mundo de O:


"De dónde me venían esas ensoñaciones repetidas y tan lentas, justo antes de dormir, siempre las mismas, donde el amor más puro y el más violento autorizaba siempre, o más aún, exigía siempre el más atroz abandono, donde infantiles imágenes de cadenas y látigos agregaban a la sumisión los símbolos de la sumisión, yo de todo eso no sé nada. Solamente sé que me resultaban beneficiosas, que me protegían misteriosamente y que, a la inversa de las ensoñaciones razonables que giraban en torno a la vida diurna, intentaban organizarla, domesticarla. Jamás he sabido domesticar mi vida. Sin embargo, todo sucedía como si esas extrañas visiones ayudaran a ello, como si algún rescate hubiese sido pagado por los delirios y las delicias de lo imposible: los días que seguían a esas noches eran extrañamente apacibles, mientras que el sabio ordenamiento del porvenir y las previsiones del sentido común se veían, una y otra vez, desmentidos por los acontecimientos. Así he llegado a comprender muy pronto que no era necesario ocupar las horas vacías de la noche amueblando residencias ideales, inexistentes pero posibles, e incluso realizables, donde los parientes y los amigos se sentirían dichosos por estar juntos (¡oh, quimera!); pero que se podía, sin temor, dedicarse al arreglo de castillos clandestinos, a condición de poblarlos de muchachas enamoradas, prostituidas por amor, y triunfantes en sus cadenas".


La muchacha enamorada, que no goza de la estructura social necesaria para legitimar su amor, construye, en el terreno de la fantasía, una estructura que le permite dar cabida a una realidad posible en la que el hombre que entrega y humilla a O, no sólo obtiene y le reporta placer, sino que la ama como ni siquiera puede amarse en un contexto aceptado socialmente. Crea un tejido, un entramado de relaciones y personajes en el que, jugando a las reglas de la clandestinidad, su amor está legitimado. Los látigos que maceran la carne, las varillas que aprietan las costillas, los instrumentos que mantienen las cavidades siempre abiertas para disfrute de los amos, sirven para poner en carne viva el amor que sólo puede susurrarse en una habitación de hotel, en tiempo robado, ni vacaciones, ni fines de semana; para decir: esto es de verdad. La muchacha enamorada no experimenta esos mundos, pero esos mundos pueblan sus fantasías. La muchacha enamorada se siente habitualmente abandonada y arrojada a la incertidumbre. Tal vez por eso en el terreno de la ficción maniata a su personaje y sexualiza el abandono.

Se ha dicho mucho de O que es la anulación absoluta de ella como individuo, por tener un nombre sólo constituido por una letra, también que O, de "objeto", simboliza la pérdida de la identidad. No se sabe realmente si "O" es la abreviación de objeto. No obstante, también podría hacerse hincapié en que O, de alguna manera, es única (¿Cuántas Olivias, Saras, Patricias, Marías hay? ¿Cuántas O?) y O siempre está abierta, como la letra que le da nombre.



Tras el prólogo "Una muchacha enamorada", viene "Retorno a Roissy". Antes de empezar, la autora lanza una advertencia: "Las páginas que siguen son una continuación de "La historia de O". En ellas se propone deliberadamente la degradación y, por tanto, nunca podrían haberse integrado en la novela". La muchacha enamorada vuelve a Roissy, más enamorada que nunca del que la esclaviza y en una posición de entrega total. Ha perdido privilegios en el castillo, ahora debe servir y cobrar como una prostituta. La muchacha enamorada escribe con mucha más distancia del personaje. O, que no había temblado de amor cuando su primer amo, René, su pareja, la entrega a Sir Stephen, se derrumba emocionalmente ante la posibilidad de que Sir Stephen haya dejado de amarla. En "Historia de O" la energía que la impulsaba era la seguridad de que los sentimientos de Sir Stephen aumentaban y, de alguna forma, terminaban subyugados a ella, en el punto en el que el amo se convierte en esclavo. En "Retorno a Roissy" las constantes dudas sobre si Sir Stephen comienza a tener conductas de abandono porque ha perdido interés en O, o, por el contrario, porque la ama más que nunca, destrozan a la joven, sin fuerzas para rebelarse, para decir "no". Se trata de un relato más duro y realista, menos mistificado. Se trata del proceso de autoengaño al que O se ve arrojada para negarse a aceptar que Sir Stephen la utiliza como instrumento para cerrar tratos de negocios. Se describe el placer, pero ya no se siente en la carne de la protagonista. La O de la primera novela es una mujer fuerte que convierte el sufrimiento en disfrute; en su modo de satisfacción propia se contempla la entrega y la humillación como parte del juego. En la segunda novela, O ha perdido esa capacidad de transformación. El juego erótico trasciende.


El sufrimiento ya no está erotizado. El sufrimiento es simplemente sufrimiento y la vemos llorar, dudar, abandonarse no con el propósito de obtener satisfacción, sino de aferrarse a una ínfima esperanza. Los latigazos no hacen sufrir a O. Los latigazos la hicieron disfrutar primero y luego aliviaron su sentimiento de falta de control en la relación con Sir Stephen. Ahora no sirven ni para una cosa ni para la otra. Los límites se difuminan. El chófer que la lleva a Roissy para el coche antes de llegar y la toma. Después, O se entera de que eso no le estaba permitido. Ha sido violada porque ella, más allá del consentimiento de Sir Stephen, no tolera que se la toque. Pero, ¿acaso importa ya? Otra de las situaciones que me parecen reveladoras es cuando O, ejerciendo de prostituta por voluntad de Sir Stephen, sirve a una pareja que no la azota y se siente profundamente ofendida y humillada. Ser azotada está en el código que ella respeta y, debido al progresivo abandono de su amado, venera. Que no la azoten la convierte en un ser digno de lástima. Y eso es de lo que O huye con todas sus fuerzas, de verse a sí misma desposeída, no deseada, no amada. Si pierde eso, pierde a Sir Stephen. Así, "Retorno a Roissy" se convierte paulatinamente, sin grandes quiebros hasta el final, en la cristalización de una neurosis, en una expresión del terror a la pérdida, en la toma de conciencia y liberación de la muchacha enamorada, que, tal vez ha sido capaz de escribir eso porque ya ni es una muchacha ni está enamorada.


Se hace evidente que el juego ha dejado de existir con el asesinato del que es responsable Sir Stephen al final. Sir Stephen desaparece del mapa, se convierte en un criminal perseguido. Anne-Marie, una de las responsables de Roissy, le dice a O que ya es libre. "O no lloró ni se quejó. Tampoco respondió a Anne-Marie, que agregó: - Pero, si quieres, puedes quedarte aquí". Tras esa proposición, no se escriben más líneas. O parece haber muerto por dentro y, aunque no se escriba lo que le responde a Anne-Marie, la respuesta parece gritarse en el espacio en blanco que le sigue. O deja de ser O en tanto a esclava de Sir Stephen. O tiene que enfrentarse ahora a sí misma, en soledad. Ahora es sólo O y es sobrecogedor el abismo que se abre ante ella.

¿Podría tener la intensidad que tiene "Retorno a Roissy" sin el prólogo "Una muchacha enamorada"? ¿Podría tener siquiera el mismo significado? La autora, que no desveló su verdadera identidad hasta 1994 ("Historia de O" se publicó en 1954), convierte en el prólogo de "Retorno a Roissy" (publicada en 1986) su experiencia de escritura en literatura y, por tanto, prólogo e historia están inevitablemente engarzados. Pienso que "Historia de O" y "Retorno a Roissy" necesitan a la muchacha enamorada para ser comprendidas y unidas. "Historia de O" es el bálsamo, "Retorno a Roissy" la enfermedad. Sin esa chica anhelante, escribiendo "como se habla en la oscuridad al que uno ama, cuando las palabras de amor han sido retenidas demasiado tiempo y se derraman por fin", son obras que difícilmente pueden formar un continuo con sentido.

Para terminar, copio las últimas palabras de "Una muchacha enamorada":


"Pero una vez en que se deslinda la zona fantástica de aquella mediante la cual se recuperan las obsesiones (siendo la repetición infinita de placeres y sevicias tan necesaria como absurda e irrealizable) todo se ensambla fielmente, lo vivido y lo soñado, todo se descubre comúnmente compartido en el universo de una misma locura: y si nos atrevemos a mirarlo a la cara, horrores, maravillas, sueños y mentiras, todo es conjura y liberación".













BÚSQUEDA POR TAGS:
© 2020 por Carolina Corvillo.
  • Facebook - White Circle
  • YouTube - White Circle
  • Instagram - White Circle