Historia de una puerta en el infierno. Poema

El otro día estaba tomando notas para mi próxima novela y, anotando una frase, me salió un poema. Este verano, cuando estaba en castillo de Santa Bárbara, en Alicante, tomé una foto de una puerta negra curiosamente estrecha y de poca altura. Había otras cosas más interesantes que fotografiar y, de hecho, lo hice. Pero decidí compartir en mis redes esa puerta junto a parte de la letra de los Rolling Stones: "I see a red door…", para dejar que los entendidos completaran la frase con "...and I want to paint it black". Sin embargo, su verdadero significado ha venido meses después. Tal vez hacía falta que hiciera un poco más de frío.


Lo que más miedo da del infierno

es que tiene el mismo aspecto que el paraíso.

¿Cuántos veces morimos sin morir?

Cuando decimos que nos queremos

a nosotros mismos,

estamos amando a un extraño

que ha entrado en nuestra casa y que,

sin quitarse las botas,

ha manchado de barro la escalera.

Cuando decimos que queremos a otro,

nosotros somos el extraño.

Ojalá hubiera un término medio seguro,

pero el término medio

es un cuento que nos contamos

para no mordernos la lengua hasta sangrar

durante las noches en las que soñamos

que escuchamos follar a nuestros padres.

Y nos despertamos,

y ya no nos alivia que la pesadilla no sea real.

No existe el puto término medio.

Solo el amor diluye los límites.

Solo una bala los atraviesa.


Lo que más miedo da del infierno

es que tiene una puerta de salida muy pequeña

con un letrero enorme

indicando dónde está.

Y nosotros la vemos, y fruncimos el ceño,

y nos volvemos a quejar del mal tiempo,

y nos damos la vuelta y nos alejamos,

pensando que no merece la pena

cortarse las piernas para caber por la jodida puerta.

Esa noche, tal vez soñamos que estamos

de nuevo frente a esa puerta.

De pronto, damos con la solución:

basta con agacharnos para pasar.

Luego nos despertamos y nos olvidamos

de todo lo soñado,

al fin y al cabo los sueños son cosas

sin mucho sentido,

pero pasamos el resto del día

caminando encorvados

sin entender muy bien por qué.

Al volver a toparnos con la puerta nos erguimos,

volvemos a pensar que no merece la pena ser un tullido.

Volvemos a darnos la vuelta.

Hace sol.

Desde lejos no podemos distinguir

si el término medio es una línea, un río

o un abismo abierto entre dos precipicios.

Pero sonreímos

y pensamos que, después de todo,

el día no ha sido tan malo como esperábamos.


Puede que el infierno tenga

el mismo aspecto que el paraíso,

pero muchos se conforman con caminar sobre él

sin descascarillar las paredes

para no encontrar cadáveres de insectos

debajo de la pintura.

Lo que más miedo da del infierno

es que caminas sin dejar huellas,

y hace frío.

Mucho frío.

Pero no nos atrevemos a reconocerlo

porque el día sigue siendo

soleado.




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© 2020 por Carolina Corvillo.
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