Homenaje a adolescente de 16 años

Mi adolescencia fue complicada, imagino que como la de la mayoría de los adultos que han sobrevivido a esa terrible y maravillosa época en la que el cuerpo comienza a dictar normas distintas, en la que los líderes infantiles se ven abocados al destierro y al olvido, en la que los imbéciles se erigen como caciques y en la que las almas tiernas tienen que ocultarse y disimular. Es difícil buscar voz para un nuevo cuerpo que apenas conoce el mundo exterior, que jamás ha experimentado el lenguaje erótico de las caricias, el intercambio con el otro. El onanismo se erige como uno de los pilares esenciales de autoconocimiento en este periodo. A través de él se crean y desarrollan las fantasías.


"La Secta del Cuerpo" es mi novela premiada en el concurso de Ediciones Oblicuas 2019. Su publicación estaba prevista para primavera, pero debido al coronavirus se retrasará a otoño. Trata sobre esta transición del niño al adulto a través de Claudia, su protagonista, que convierte la resistencia al cambio en un relato épico en el que Elena, su mejor amiga y de la que está secretamente enamorada, se convierte en la causa. Es una historia de transición, de iniciación, de exploración... No se trata de una autobiografía, aunque dejo en ella parte de las huellas profundas que la adolescencia dejó en mí, transformadas en algo distinto, un guiño al pasado de una chica de quince años a la que le gustaba escribir y que, debido a la presión social, se veía obligada a ocultar las cosas que verdaderamente amaba.


Pero llegó él. Él me devolvió mis ganas de mostrar lo que escribía, me incitó a crear mil poesías, me regaló "Los Miserables", me sacó del armario creativo en el que estaba metida, fascinada y horrorizada a partes iguales por la repentina atención que empezaba a captar del sector masculino. Escribió poemas para mí. Me llamó "su musa" de manera torpe y deliciosamente velada. Se llamaba y se sigue llamando Juan Manuel. Por azares caprichosos del Destino nuestros labios solo se juntaron una vez, una noche. Sin embargo, nunca olvidaré lo que él significó para mí. No fue mi primer amor, ni mi primer beso, fue la persona que me permitió ponerme ante el espejo y decir "Me gusta escribir", y eso vale más que cualquier primer choque de dientes. Gracias a él me sé de memoria aquel poema que empieza con el verso "Pasarás por mi vida sin saber que pasaste...".


"Dicen que el regalo de un libro, además de un obsequio, es un delicado elogio. Espero que opines lo mismo, y no puedo darte mayor elogio si no es regalándote esta joya, que espero que disfrutes. Por otro lado, espero que pases un feliz aniversario junto a los que más quieres. De tu amigo que te aprecia. Juanma". Aún puedo leer esta dedicatoria en una edición de "Los Miserables" amarilleada por el paso de los años, un libro que se ha convertido en frágil reliquia, en objeto precioso.


No quisiera extenderme mucho más para no caer en un exceso de lirismo. Aunque, tal vez ya sea inevitable. Tendría unos dieciséis años cuando escribí un cuento dedicado a nuestro amor imposible, un amor en el que ambos anhelamos el contacto con el otro en momentos que nunca se pudieron conciliar. En él hay una frase que dice "Las historias más tristes son las que terminan antes de empezar". A veces lo que mata al amor es la cobardía, pero no solo eso. A veces lo que mata al amor es simplemente un cálculo erróneo del azar. No en vano dice Romeo "I am Fortune's fool". Con este relato, que he conseguido rescatar de las profundidades de mis discos duros, y de cuyo título no logro acordarme, gané el primer premio del concurso literario del instituto. Hasta aquel momento no había ganado nada con lo que había escrito. Miento. Una Game Boy Color Pikachu en un concurso de la web de Pokemon en el que se requería a los participantes que elaboraran eslóganes para las ediciones dorada y plateada del juego. Tendría unos once años.


Mucho he cambiado en mi forma de escribir desde aquel relato sin título. Pero ahí está el germen, parte de la esencia. Muchas lágrimas, sangre y sudor se han derramado desde entonces. "La letra con sangre entra", reza el dicho popular. Pero yo diría más bien, "La letra con sangre sale". No necesariamente en un sentido doloroso. Pero creo que todo aquel que escribe entiende a lo que me refiero.


Aquel relato fue mi espaldarazo. Un conjunto de palabras en las que vertí parte de lo que era en aquellos momentos. Una declaración de amor a las letras y a él. Sobre todo a él. Porque no se me ocurría otra forma mejor de expresarlo.


Hoy, pese a las dudas sobre si hacerlo o no, comparto este relato, sin cambiar palabras, ni puntos, ni comas, sin rebajar el exceso de azúcar. Este homenaje a la adolescente que fui con dieciséis años y al adolescente que fue él. Tal vez no eran dieciséis... tal vez eran diecisiete o quince. Pero qué más da.




RELATO SIN TÍTULO ESCRITO POR ADOLESCENTE DE DIECISÉIS AÑOS



“Por un beso yo no muero,

Yo me quiero suicidar,

Tus ojos son dos luceros

Y mi cuerpo el ancho mar.

Allí naufragan los besos

que nunca te pude dar

y bucean los secretos

que sus alas temen mostrar,

Sopla, murmura el viento

Un nombre cubierto de sal.

Aquí vivo, aquí te quiero,

En la isla Soledad.”

Tierra maldita en que cada habitante, en compañía, se hallaba completamente sólo, inmerso en un cielo silencioso de paredes acolchadas, de tal forma que ni siquiera su propio eco volvía para romper el triste desamparo en que se encontraba. No siempre había sido así.

El diminuto barco mercante en que llegó Náyade encalló en la playa de arena roja. Arena blanca salpicada de huellas rojas. Náyade fue arrojada a tierra descalza, con las piernas manchadas de sangre, un ojo reventado, y el recuerdo de una promesa. Nadie le había dicho que su marcha incesante, su ansiosa búsqueda, terminaría en el mismo lugar en el que empezó. Isla Soledad. Recuerdos.

Juan Manuel acariciaba su sedoso pelo, un temblor latente se apoderaba de él, mientras las lágrimas decían por él lo que no proferían sus labios: “Te quiero, Náyade”. Mas Náyade no entendía el cándido idioma de las lágrimas. “Miriam te corresponde, eso es lo único que importa, no llores más. No podrás echar nada de menos de esta isla cuando llegues al continente” intentaba consolarle Náyade al tiempo que le abrazaba, inconsciente de que la causa de aquel llanto era ella. Abrazo infinito. Sus ojos violetas se posaron instintivamente en los de Juan Manuel, sus labios se acercaron, anhelantes, a los suyos. “No me ama” pensó ella, sin darse cuenta de que, en el instante en que ella había vuelto a apoyar su cara contra su pecho él tenía los ojos cerrados, esperando lo que había sido desde hacía unos meses su deseo más ferviente, su enfermedad más dulce. “¿Por qué te vas ahora que era capaz de descubrir mis sentimientos?” pensaba Náyade, reprimiendo su sollozo eterno. Sin darle tiempo a reaccionar Juan Manuel habló: “Te escribiré. No pienso olvidarme de ti... No podría hacerlo aunque quisiera. Toma. Esto es para ti...” le dio un libro: “Los desamparados”. “Espero que cuando lo leas, por lo menos te acuerdes de mi.” Un grito impaciente impuso su reinado en la emotiva conversación. Miriam reclamaba la compañía incondicional de Juan Manuel. “Adiós”, dijo, mientras se alejaba en el horizonte que arrasa palabras y promesas que están por cumplir.

Nadie jugaba en la playa. Únicamente alteraban la melancólica melodía del mar los chapoteos de las traviesas sirenas que creaba la imaginación de los que allí no estaban. El crepúsculo inundó de llamas el horizonte, haciendo huir a las gaviotas. Náyade seguía tumbada en el mismo punto en que la dejaron hacía tres horas, entre la conciencia y la ensoñación. Una gaviota aterrizó sobre la arena enfriada por la luna, el trazo de sus huellas conducía hasta Náyade. La gaviota habló, susurró, mantuvo luego silencio: “Si me das tu precioso lóbulo de la oreja izquierda, instaré a Atargatis para que calme tu pesar”. Náyade no veía, no sentía. Buscó dentro de sí misma y sólo halló la fuerza necesaria para emitir un prácticamente inaudible monosílabo, “sí”. Media hora duró el suplicio. La gaviota ensañada con el pico ensangrentado insistía una y otra vez, sin tregua. Sonido de carne desgarrándose. Dolor pertinaz. Pero ese dolor venía de mucho antes. Recuerdos. Lágrimas mezcladas con tinta negra. Fue en esa playa donde leyó la funesta carta.

La sirena Cimodaré entonaba su canción de calma. El viento se adormecía y su respiración pausada se traducía en un tierno soplar. La perla nacarada reinaba la noche, causando la envidia de la irascible Hécate, que desde las puertas del infierno reclamaba dando alaridos su trono nocturno, amenazándola inútilmente con su jauría de perros embravecidos. La luz azulada iluminaba tenuemente la playa. Apoyada en el tronco de una palmera, a la luz vacilante de una lámpara de aceite, Náyade abrió el libro. Al poco rato de haber empezado a transformar las ordenadas letras en paisajes, personajes e historias un trozo de papel rebelde cayó sobre sus piernas. Leyó:


“Mi prosa es burda, tosca e imperfecta. Mi amor por ti es cobarde, es tal su inmensidad que el miedo a ser rechazado me obliga a resignarme y mantener un silencio secuestrado por mi timidez. Por eso no merezco vivir. Espero que algún día me perdones, pero este amor me aflige demasiado, por eso he decidido alejarme de ti. Sin embargo sé que nunca podré olvidarte. Siempre existirá un lugar suspendido en el tiempo en el que los dos sigamos pasando las tardes de verano paseando durante horas, que me parecerán minutos si deleito a mis oídos escuchando tus palabras y aun se convertirán en segundos si llego a tener la suerte de tomar tu mano fría. Me temo que terminaré mis días anhelando que se realice esa quimera imposible, que no es sino el deseo ferviente de descubrir a qué saben tus labios (en mis sueños son dulces, picantes y salados). Tu beso en mis labios, amor. Tu beso enamorado, mi adicción azucarada. Una vez oí decir que un beso es como una carta infinita, que ostenta el deseo de poseerte. Te prometo que jamás escuché definición más absurda e imprecisa, porque no hay poeta en el mundo que yo conozco que apoyándose en sus leales versos se acerque lo más mínimo a la descripción que bien merece el beso caído de tu boca. Mas la soledad me ha perseguido como una maldición durante toda mi vida. Será por siempre mi patria, aunque intente extraerla de mi ser, y tal vez mi irrefrenable destino corrobore lo que aquí sentencio. Otras mujeres, otros sueños, otras aspiraciones, serán tan sólo las drogas que hagan esta vida más llevadera. Drogas que alivien momentáneamente mi adicción absoluta, que es la de amar cada centímetro de tu cuerpo, cada palabra proferida por ti. Te amo, mi preciosa ninfa. Algún día volveré a encontrarte en ese lugar, en aquel reino perdido, donde incluso yo soy capaz de merecerte. La muerte en vida será mi transitorio castigo por esta cobardía inefable, y solamente concluirá cuando la misma muerte, suprema y altiva, se canse de su desdichado juguete y decida dar fin a mis días. Aun soy incapaz de creer el pavor que recorre todo mi cuerpo, incluso escribiendo esto. Pero ya te he dicho que mi condena eterna será el anhelo incesante del que desea únicamente ser correspondido por la persona por la que, paradójicamente, daría su vida. Terminando ya esta carta... solo me queda recordarte algo que probablemente te cause repugnancia. ¿Ves el cielo nocturno? Pues el número de todas esas estrellas que hacen sombra a la luna son los besos que nunca te pude dar. Mi esperanza es que algún día el cielo caiga sobre la tierra, y entonces, hacer terrenal el paraíso en el que se sumergen aquellas estrellas. No hay más frases desesperadas de momento.

Hasta siempre y por siempre, mi amor".


La mota de oscuridad en su pesadilla ahora iluminada se extendió en la noche, como una cruenta enfermedad devoradora de sueños lisiados.


Se dormía. Él puso la mano sobre su frente. Su mano descarnada y fría como un pálido recuerdo ardía en llamas de acero al sentir el tacto de su piel. La carne incandescente brillaba como si las llamas del infierno hicieran reventar la tierra. Las lágrimas se evaporaban sobre su frente. La llama ardía, parpadeaba. La llama gemía. Estallaba de placer con cada centímetro de piel que consumía, cada ingenuo sentimiento que carbonizaba. Agitó su cuerpo desnudo, arqueó su espalda. La llama fue el sudor de sus manos, la condena de su alma. Sangrante y desnuda, sobre su dulce cama, agonizaba. El azúcar se quemaba. Su pelo mojado pudo descansar. El sudor que sus poros desprendían era la sustancia inflamable que los más oscuros deseos libaban. Sueños.

Náyade despertó de su agitada ensoñación. Desnuda, el mar negro de su pelo caía sobre sus ojos, como si la cascada salada que se precipitaba por su frente desembocara en el fin del mundo. La sal de aquel océano profundo hacía sangrar en lágrimas a sus ojos. Sangre porque era dolor. Envuelta parcialmente entre sábanas blancas incluso el más escéptico habría afirmado que se trataba de un ángel caído. Caído en el infierno. La tierra dura y hambrienta del subsuelo habría sido sin duda mejor hogar para ella. Fluía tinta transparente por su cara. Escribió una carta como respuesta:


Juntas en el reino perdido,

Unidas las almas vacías

Anhelan un solo latido,

Nadan en mares prohibidos,


Mienten cuando llega el día.

Amarte es insuficiente,

No mires buscando en mis ojos

Un beso, un llanto latente,

El amor que yace en poniente

Libre no será más hermoso.


Terminando ya este poema

Escapo lejos de la vida


Alzando en alto este lema

Mientras este beso o se quema

O muere cercano a la huida”


Disfrazada de hombre al día siguiente se coló en la tripulación de un barco que compartía destino con la embarcación en la que huyó Juan Manuel de su propio corazón.

Concluida su sangrienta labor, la gaviota batió sus alas para emprender un vuelo desenfrenado, hacia todas las direcciones, por lo que Náyade pronto la perdió de vista. Cerró su único ojo. Silencio. Hacía algunos años aquel silencio sobrecogedor había sido burlado por las voces de dos almas inquietas que ignoraban, ingenuas, el mutuo amor que se profesaban.


Náyade recordaba una maligna sirena que había estado siempre vigilando, encaramada a su arrecife de coral, envidiosa de la pasión humana, pasión encharcada en ella por la humedad de la inmensidad de un océano oscuro e inaccesible. Aprovechando la marea alta, la mujer pez se arrastró hasta el lugar donde Náyade intentaba componer los desordenados recuerdos de su infructuoso viaje. La alucinación se había apoderado de su frágil y tembloroso cuerpo, la razón y la demencia lidiaban en su interior en una encarnizada batalla.


Pobre alma perdidaun susurro se internó en la percepción confusa de Náyade¿Sabes donde estás?

Nosu voz rasgada por las garras de la desavenencia señalaba cansancio y dejadez.

Has regresado a la isla Soledad. Parece que el inexistente destino te persigue.


En ese momento el mundo dejó caer su peso sobre el cuerpo cárdeno y magullado de Náyade. La feroz fuerza del mar la había escupido al lugar de donde partió. Tumbada, ahora se preguntaba si el viaje que recordaba realmente había existido. ¿Quién la decía que no había sido nada más que una cruel fantasía provocada en su enajenada mente en un día de verano? Nadie sabía, nadie podía decirle si todo aquello había sido un sueño metamorfoseado en pesadilla. Maldita isla Soledad.


¿Quién eres?inquirió, abrumada por las lágrimas que se desbordaban por sus ojos.

Soy la luz que esperabas encontrar en este viaje, el puerto de tus insondables sueños. El ser que más te ama, y el que espera ser correspondidocomenzó hablando la álgida voz—. Soy Juan Manuel.

No tienes la voz que de él recuerdoNáyade intentaba vencer al deseo de que aquello fuera verdad.

Dime si me amas, mi preciosa ninfa.

¿Eres tú?Náyade dudaba todavía—. Si eres él...


No tuvo tiempo de acabar la contestación. La sirena con la apariencia de su lejano amado la besó con violencia, la lamió con descaro. Mordió sus labios, consumió sus deseos. Sus bocas se fundieron en espirales apasionadas. Labios calientes. Susurros sensuales. Deseos que afloran. Sus manos húmedas acariciaban con maestría su trémulo cuerpo. Frío y calor. Náyade palpó la felicidad, la hizo material y la descubrió. Todos sus intentos frustrados se veían compensados con un beso.


¿Los sueños, sueños son? ¿O simples recordatorios de lo que nunca llegaremos a poseer?


¿Te has mirado últimamente al espejo?preguntó la perversa sirena—. Estás horrible.

¿Qué dices, mi vida?dijo Náyade, al tiempo que una repentina lividez invadía sus recovecos.

Pareces un lobo de mar piojoso y borracho. Te falta un ojo. Cortaste los cabellos que antes ondeaban con gracia sobre tu espalda. Los labios morados y cortados que ahora tienes sustituyen a los que fueron carnosos y húmedosarremetía contra ella sin piedad—. Llevas seis horas tumbada en esta arena como una zorra ebria. El único consuelo que puede quedarte es que les hiciste pasar un buen rato a aquellos cerdos sedientos de sexo cuando te descubrieron.

¿Qué...?profirió débilmente.

Y esa horrible voz quebrada. No pareces tú. Piensa. Todo lo que amó Juan Manuel en su momento ya no existe. Él amaba la voz que condensaba tus palabras, tus labios, tus ojos violetasLa voz líquida se había ido agudizando progresivamente¿Crees que si te viera ahora te seguiría queriendo?

No eres él...extenuada, hablaba entre suspiros.

Noconfesó tajante la mujer llena de escamas—. En el fondo... me das pena... Las historias más tristes son las que terminan antes de empezar. ¿No crees?una mueca deformada acompañaba a estas palabras.


Náyade vio entonces una sirena aferrada a ella. Morena, de facciones duras, emitiendo penetrantes chillidos. “Ha bajado la marea”, pensó. “Ya no podrá volver al mar, no saldrá viva de aquí”.


¿Y ahora qué? Una sirena ahogándose a su lado, llenando de yagas sangrantes su cuerpo, arañando con rabia su cara. Un cielo borroso. Todo en su vista se nublaba. ¿Eran lágrimas lo que fluía por el cauce de sus mejillas? Miedo y escalofríos. Su cuerpo temblaba. Tenía frío. Vislumbraba dos luceros, sus ojos, su cuerpo el ancho mar. Nada existía. Fantasías inciertas. La sirena agonizaba. Náyade respiraba con dificultad. Los chillidos incesantes estallaban en sus oídos. Él... él no estaba allí. Siempre había pensado que en un momento así él aparecería, como en un hermoso sueño. Él llorando, vertiendo gotas saladas sobre su cara. Su corazón acelerado amenazaba con parar si se cansaba demasiado. Isla Soledad. Delirios. Su vista y las estrellas. Un cielo estrellado envolvía la solitaria isla. Olvido. No había llegado el tiempo en el que el olvido hubiera tendido su velo manchado sobre los árboles heridos de aquél pedazo de tierra. ¿Estaría él pensando en ella? Cerró su único ojo. Recordaba. Vino a ella un olor familiar, el olor de un ambiente amado hacía tiempo. Nunca pudo, nunca fue capaz de decir “Te amo”. El sentimiento se quedó en el mar, el mar engulló su voluntad, y las palabras, las palabras en sus labios. Deliraba. “Te amo” gritaba. “Un nombre... cubierto de sal. Aquí muero, aquí te quiero mi vida, en la Isla Soledad”. La sirena retorció la muñeca de Náyade, hizo que se estremeciera de dolor, la tensó con toda su ira, oprimió sus dedos con todas sus fuerzas. Miró el cielo, una orgía de estrellas difusas en el firmamento la contemplaban. “El número de todas esas estrellas que hacen sombra a la luna son los besos que nunca te pude dar”, no paraba de besarla: “Mi amor, no te vayas, ahora no”, le decía. La sirena dio su último suspiro. Fue entonces cuando soltó su mano. Mano inerte. Cuerpo inerte. Corazón quieto. Pulso callado. Un solo cuerpo en la arena.


Atargatis no hizo caer el cielo para hacer realidad el paraíso terrenal. A alguien le gustaría pensar que elevó su intangible cuerpo, para que así alcanzara las estrellas.


“Las historias más tristes son las que terminan antes de empezar”, había dicho la sirena.

Abrió sus ojos violetas. Su pelo color azabache caía con gracia sobre su espalda. Veía su imagen reflejada en todas las miradas. El otoño había dorado el paisaje de árboles indómitos. No se trataba de otra vida después de la muerte. La vida no continuaba tras el suspiro final. Olvidó un viaje, sólo un nombre recordaba. Juan Manuel. Allí la esperaba, cayó el beso antes que las palabras. Las tiernas caricias hablaban de sueños cumplidos, hablaban de dulces reencuentros, de hermosos atardeceres y de estrellas que se miraban con complicidad.


Era aquel lugar suspendido en el tiempo, aquel reino perdido, donde, incluso las almas maltratadas cumplían sus promesas de amor...

“Yo caí al suelo de agujas,

Nadie me vio agonizando,

Y di mi último suspiro

Mirando al cielo estrellado,

Esperando que algún día,

Mirando tú hacia los astros,

Hallaras el beso póstumo,

Que dejó mi cuerpo helado.

Porque oculta entre las sombras

Que surgieron al amar,

Tumbada en arena de playa,

Llorando en la orilla del mar,

Mi alma te sigue esperando,

En la isla Soledad”




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© 2020 por Carolina Corvillo.
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