Lo que Eva le contó a la Serpiente. Catorce poemas y un puñado de relatos.

Lo que Eva le contó a la Serpiente (ilustración de la portada por Enrico Marini) es el registro emocional de dos años marcados por la pandemia y un momento personal de ruptura y cambio. Es la historia de un confinamiento que terminó con un divorcio y dio paso a un mundo nuevo que solo encontró los versos para expresarse. Cuando la poesía parecía enterrada en mi postadolescencia brotó de nuevo. Siempre estuvo palpitando bajo la piel hasta que la piel volvió a romperse. Metamorfosis. La poesía surge cuando necesitamos articular el universo con imágenes; es el elemento natural del mito. ¿Fue poesía lo que escribí cuando compuse las letras de mis grupos de música Sybiliam y Blacksleeves en mis veinte y tempranos treinta? Tal vez.


Ahora estoy otra vez aquí, delante de la Poesía. ¿O acaso son letras de canciones que todavía no tienen base instrumental? Me importa bien poco lo que se discuta sobre si Bob Dylan merecía el premio Nobel de literatura o no. Aunque la poesía tal vez no sea hacer música, sino escuchar la música que hay debajo del ruido. Escribir es callarse y escuchar.


Escribir es un acto de desesperación. Jugando con la etimología, desesperación es la «acción y efecto de perder la confianza de que se cumpla un deseo». Deshacer la espera, la esperanza. Construir, moldear sin manipular. ¿Tomar por las riendas al destino? La poesía surge cuando hay más preguntas que respuestas, cuando la ira no se contempla como respuesta a la incomprensión.


Pero esto en realidad no es la historia de un divorcio. No es tampoco el comienzo de otra relación. Es el presagio de la escritura. Es la historia de las palabras que Luzbel le susurró a la mujer primigenia antes de que tomara el fruto prohibido (ese que nunca fue una manzana); de lo que Eva le contó a la serpiente.


Son catorce poemas de ecos mitológicos y un puñado de relatos oscuros.




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