"Mediocridad, yo te absuelvo" o los divinos escritores

Nos encanta ser jueces, nos encanta exhibir una moral supraterrenal, nos encanta dar lecciones al resto, decirles cómo tienen que vivir, cómo tienen que respirar, cómo tienen que llevar sus relaciones, lo que tienen que leer, lo que tienen que escribir, lo que son si hacen determinadas cosas, lo que no son si hacen otras. Criticamos cánones con el deseo oculto de imponer otros que se adapten más a nuestras necesidades y neurosis. Me gustaría saber en cuántas ocasiones las personas que exhiben tal alto sentido del deber, de la caridad y la preocupación cristiana por el prójimo, se da verdaderamente un afecto real y sincero, un "estaré aquí" que no preceda un "estaré aquí cuando pueda tocar los huevos con el fin de reafirmarme en mi postura vital".


Llevo bastantes años escribiendo, gran parte de ellos oculta en la sombra, con la cabeza gacha, teniendo serios conflictos cada vez que tenía la ocasión de definirme como escritora. He conocido a lo largo de este camino a escritores, aspirantes, vendedores de humo... He de decir que he tenido una suerte inmensa al toparme con personas a las que admiro profundamente a día de hoy, pero también he visto mucho rencor, mucho jedi autoproclamado con complejo de Anakin.


Hay un tipo de escritor al que le gusta destacarse del resto de los mortales haciendo descalificaciones a mansalva y ridiculizando cualquier intento que tenga otro de salir a la luz. La conspiranoia tiene cabida aquí. Un conspiranoico estándar cree que las organizaciones mundiales, los extraterrestres o las abejas conspiran contra la humanidad. Podemos llamarle el conspiranoico altruista. El escritor divino, sin embargo, forma parte de los conspiranoicos narcisistas. A ese escritor le gusta pensar que las grandes editoriales conspiran contra él. A ese escritor le gusta pensar que las pequeñas editoriales conspiran contra él. Cualquier cosa es mejor que la indiferencia. La comunidad de lectores también conspira contra él; esos lectores o potenciales lectores que son imbéciles por leer best sellers, pero que serían el colmo del buen gusto si le leyeran a él. La palma de las conspiraciones se la lleva, sin duda, ese colectivo malvado, perfectamente organizado y estructurado que forman los autores indie o autopublicados. Esas criaturas abyectas que desvían con sus escritos la atención del público de las únicas y geniales obras de este escritor conspiranoico. A continuación hablaré de alguno de los rasgos que caracterizan a los divinos escritores:


1. Tienen carnets de escritor que distribuyen muy selectivamente: gran parte de sus publicaciones y peroratas van dirigidas hacia quién puede y quién no puede ser escritor. Gran parte de los likes que reciben estas publicaciones es de gente que busca desesperadamente sentirse superior al resto para no tener que dudar de sí mismos.


2. Critican la autopublicación y se ríen con inquina del pobre iluso que hace presentaciones a las que sólo van sus familiares y amigos (si tiene): como si las editoriales convencionales no publicaran libros malos, como si los comités de lectura estuvieran formados por dioses y no por seres humanos, como si el único comprador de Vincent Van Gogh en vida no hubiera sido su hermano Theo. El trabajo del editor es necesario y loable, pero la autopublicación, con sus ventajas y desventajas, es cada vez más una suerte de trampolín muy económico para muchos escritores que, de no tener esa posibilidad, tal vez nunca habrían sido conocidos. Y me alegro. Si para descubrir a un Mozart de la literatura, tienen que aparecer mil Salieris, me parece que la humanidad sale ganando. En cuanto a las presentaciones para vender libros a familiares y amigos... en fin, creo que ese es un asunto que atañe al bolsillo de los familiares y amigos.



3. Se ven como defensores del pueblo, los derechos sociales y las buenas causas: pero, eh, eso de que ahora cualquiera, prácticamente sin importar su capacidad adquisitiva, pueda publicar, está mal, muy mal. Qué sería de los supuestos defensores de la democratización de los medios si se quedaran sin excusas para mostrarle al mundo lo buenos que son. Aparte, ¿cuál es el problema con que la gente escriba? Es un buen síntoma, me parece. Más allá de la calidad literaria, que alguien escriba y publique en internet significa que una persona, a pesar del trabajo y las complicaciones diarias, tiene un estado mental suficientemente bueno para sentarse delante de un ordenador y ejercer una función intelectual. Esas cosas no se oyen en el norte de Uganda o en Sudán del Sur: "Dos millones de desplazados debido a la guerra civil, otros tantos miles de muertos. Ah, y, joder, el colmo de la infamia, aquí cualquiera se cree que puede escribir". No estoy defendiendo en mi discurso el "todo vale" o "escribir es fácil", ni soy capaz de apreciar literariamente "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Al igual que tampoco pienso, como dice Jodorowsky, que Twitter sea la literatura del siglo XXI. Arrugo la nariz con muchas cosas y me maravillo con otras tantas. Tengo unas ideas estéticas y literarias formadas, susceptibles de cambiar y evolucionar, que me permiten guiarme, con más o menos acierto, a la hora de determinar a dónde quiero dirigirme escribiendo. También sé por qué aros no pienso pasar. Lo que estoy defendiendo es el "Escribe lo que quieras, yo soy libre de leerlo o no".


4. Afirman que la gente es estúpida, que la gente no lee, que la gente no sabe elegir sus lecturas y que ellos leen más que nadie: esto tiene relación con el punto anterior. Defensores del pueblo, pero sin el pueblo. Porque el pueblo está alienado (por eso no reconoce sus grandes obras) y, en fin, no hay nada como un programa de lectura obligatorio en la etapa escolar para arreglar el asunto. De sobra es sabido que todo lo que suene a obligatorio es ejercido con un profundo placer por los niños. Como amante de la lectura que soy, considero una falta de respeto insultar a alguien por lo que lee o deja de leer. Puedo, está claro, emitir mi juicio sobre libros que me gusten y no me gusten, pero acusar de enferma a la sociedad por leer lo que le venga en gana no se me pasa por la cabeza. Me parece que lo civilizado en este caso es hablar, convencer, debatir con más o menos vehemencia dependiendo del contexto, persuadir, dialogar... si a uno le apetece. En cuanto a utilizar la lectura como pluma de cola de pavo real, he llegado a escuchar afirmaciones naíf y enternecedoramente vanidosas del tipo: "Sólo leo libros muy largos", como si la cultura, la intelectualidad y la capacidad de conceptualización pudieran medirse al peso. Por otro lado, pienso que leer mucho no es garantía de que lo que se escribe vaya a ser bueno y/o vaya a tener éxito. Por supuesto, leer es un valor indispensable para cualquiera que se dedique a escribir, pero no va unido necesariamente a una buena praxis de la escritura, como tampoco el devoto del fútbol necesariamente es un buen jugador.


5. "Mediocritat, ego te absolvo": todo, en el fondo, se resume en esta frase: "Mediocridad, yo te absuelvo". Se trata de una vara pesada, poderosa e invisible que cualquiera puede arrogarse en algún momento para detentar autoridad intelectual; una herramienta de victimización cuando parece que nada va bien; una coraza de diamantes que esconde, en el fondo, al Salieri que los divinos escritores llevan dentro: un ser oscuro, mezquino, inseguro, amante secreto de lo bello y sin embargo dispuesto a destruirlo en cualquier momento porque prefiere no enfrentarse a las dudas sobre su propio talento.






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© 2020 por Carolina Corvillo.
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