"Hermosos y malditos", de F.Scott Fitzgerald

Sobre el drama y la "decadencia" de Hermosos y malditos.


Cuando leo en cualquier parte opiniones acerca de "Hermosos y malditos", la segunda novela de Francis Scott Fitzgerald, escrita a los veintiséis años, no hago más que leer "decadencia de la sociedad". No falta, desde luego, el clásico "retrato de los vacíos valores capitalistas". Personalmente, no me agradan los análisis basados en tomar a los personajes protagonistas y convertirlos en monigotes para justificar posiciones políticas propias. Creo que no hay mejor forma de matar un texto, su esencia y la particularidad del desarrollo de las relaciones y el viaje de los personajes. Al menos, en este caso.


Siempre que leo en una reseña "retrato", huyo. Y huyo porque el "retrato" es lo último que quiero cuando leo una novela o veo una película en busca de drama en el sentido más aristotélico de la palabra ("drama" es, desgraciadamente, una palabra pervertida hoy en día). Cuando me pongo frente a una pieza dramática, quiero disfrutar, temer por la vida de los personajes, llorar con sus penas, alegrarme de su éxito, en una palabra: experimentar. El hecho dramático, para mí, es una experiencia. Hay un sentido y una progresión. Una crisis y un címax. Una identificación y una catarsis. Si después de todo eso, únicamente queda la palabra "retrato de la sociedad", o bien la obra no ha cumplido su labor dramática o bien el que lo escribe quiere protegerse, como diría Mamet, refugiarse en la intelectualidad y recuperar el control sobre la obra y, en consecuencia, sobre sí mismo. Por eso, cuando leo "crítica a la decadencia de la sociedad capitalista" para describir esta narración sólo puedo pensar en que alguien ha cogido el libro y lo ha intentado esterilizar para convertirlo en un panfleto político. Reducir a los personajes a marionetas de un sistema es simplificar la tragedia que palpita en la relación de Gloria y Anthony, pese a lo influenciados que puedan estar por su entorno material y social. Su desgracia la generan ellos mismos y en eso reside el poder aciago ante el que finalmente sucumben. Tenían al alcance de la mano la posibilidad de experimentar la felicidad y el amor y, por no perderse, se perdieron.


Juventud, belleza, amor.


"Hermosos y malditos" habla de la juventud, la belleza, el amor y su destrucción, o, más bien, su progresiva desintegración. Los personajes principales, en su afán de determinación, de oposición al mundo y al convencionalismo de las relaciones, terminan convertidos en esperpentos de sus propias ideas. La narración comienza en 1913 y termina en los 20, con la ley seca. Anthony Patch es un joven intelectual con aspiraciones de escritor, un inteligente observador del entorno y las personas que le rodean. Futuro heredero de la fortuna de su abuelo Adam Patch, un afamado y acaudalado filántropo moralista, no tiene que hacer otra cosa en la vida, más que ser él mismo por encima de todas las cosas y verse reflejado eventualmente en los ojos de alguna de sus conquistas. Entonces, llega Gloria, la desbordante, egoísta y altiva Gloria. Superficial, pero lo suficientemente inteligente como para convertir la superficialidad en una filosofía del deseo, la seducción, la futilidad y la indolencia. Sensible a ratos, melancólica a ratos, consciente de su belleza y su juventud. Si algo les distingue a los dos entre la maraña confusa de deseos, aspiraciones y búsqueda del placer propia de los veinte años es la profunda consciencia de su juventud. Muchos la aprenden a apreciar cuando ya ha pasado, pero ellos, críticos con un mundo que parece venirles pequeño, creen saber lo que se esconde tras el telón y están dispuestos a interpretar su papel en la vida como si no existiera un mañana. Tal vez eso es lo que les hace a ratos admirables y a ratos completamente imbéciles. Fitzgerald, desde luego, no tiene piedad con estos conscientes inconscientes que han decidido beberse el mundo.


¿Qué sucede cuando ser fiel a sí mismo significa quedar reducido al estatismo? El ideal de belleza al que se entregan, el cinismo y el escepticismo con que juzgan lo que les rodea, les convierte en víctimas de sus propias sentencias. Ellos, que creen estar por encima de todo, que han hecho de la frivolidad un asunto de profunda importancia, saben lo que no quieren ser, pero cuando tienen que contestar a lo que quieren ser, se encuentran frente al más absoluto de los vacíos. Esto podría condensarse, tal vez, en una de las conversaciones de Gloria y Anthony, antes de comprometerse:


-Sólo quiero vivir indolentemente y que algunas de las personas a mi alrededor estén haciendo cosas, porque eso hace que me sienta cómoda y segura... y también quiero que otras no hagan nada, para que puedan ser elegantes y me hagan compañía. Pero nunca quiero cambiar a la gente ni acalorarme por causa suya.

- Eres una determinista muy peculiar - rió Anthony-. El mundo es tuyo, ¿no es eso?

- Bueno... - dijo ella, alzando los ojos muy deprisa -, ¿no crees que sí? Mientras sea... joven.


Gloria había hecho una breve pausa antes de la última palabra y Anthony sospechó que había empezado a decir "hermosa".


Lo que empieza siendo una declaración de intenciones en una conversación aparentemente irrelevante, se convierte en una maldición pronunciada contra su yo futuro.


Matrimonio.


Como no podía ser de otra manera, sus encuentros terminan en matrimonio, catalizador de toda la frustración que vendrá según avancen los años. Los dos inician un proceso de adormecimiento, convierten su hogar en el refugio de la indolencia y la resistencia al paso de los años. Anthony y Gloria sacrifican todo al placer del momento y, a causa de ello, cada vez se ven más endeudados y empobrecidos. El idilio desaparece pronto:

El estado idílico les abandonó, partiendo en busca de otros amantes; un día miraron a su alrededor y descubrieron que se había ido, aunque fueran incapaces de saber cómo. Si uno de ellos hubiese perdido al otro en el día del idilio, el amor perdido no hubiese sido, incluso para el perdedor, más que ese deseo mortecino que nunca llega a realizarse y que constituye el paisaje de fondo de toda vida humana. Y es que la magia tiene que seguir su marcha apresurada, pero los amantes siguen donde estaban...


Anthony y Gloria sólo saben arder, por eso en el matrimonio empiezan a saborear pronto las cenizas. Gloria, acostumbrada a tener una corte de hombres a su alrededor, ha alimentado su ego a base de seducciones breves y superficiales, de ver reflejada su excéntrica, enérgica y particular personalidad en los ojos enamorados del incauto de turno. Ahora sólo tiene a Anthony y, pese a que se aman, la imagen que ve reflejada en los ojos de su marido no es en muchas ocasiones la que ella ha forjado para que la leyenda de la eternamente joven y bella Gloria se difunda con la fanfarria que ella cree merecer.


Por su lado, Anthony experimenta un proceso de adormecimiento intelectual. Su abuelo, Adam Patch, le ofrece la posibilidad de obtener un puesto de corresponsal de guerra y, aunque la idea le seduce, lo rechaza por quedarse con su esposa. El amor entre ellos va palideciendo paulatinamente, con reencuentros momentáneos aguijoneados por los celos. Para conservar su uniformidad, una visión no corrupta de esos sentimientos que se evaporan, necesitan evadir su mente entregándose al alcohol, especialmente Anthony, y a las fiestas perpetuas. En eso gasta su energía y capital el matrimonio Patch según avanzan en su carrera contra el tiempo, perdida de antemano. Anthony le pregunta a Gloria en la casa museo del general Lee:


- ¿Es qué no quieres que se conserven las cosas antiguas?

- La verdad es que no es posible conservarlas, Anthony. Las cosas hermosas crecen hasta cierto punto y luego van a menos hasta que desaparecen, exhalando recuerdos mientras se desmoronan.


La cristalización de este viaje a la pereza, la autocomplacencia y la disolución de los grandes ideales de la juventud llega en una de las fiestas que organizan Anthony y Gloria. El matrimonio Patch se ha hecho mucho daño. Los dos, de alguna manera, han decidido inconscientemente destrozarse porque, quien es dueño de su destrucción, tiene la creencia de que el daño externo, ese que no se puede controlar, no tiene nada que hacer. Anthony ha llegado incluso a emplear la violencia contra Gloria, episodio que no se repite, pero que marca un antes y un después en la relación de estos bellos y pudientes (aunque cada vez menos) desgraciados. Pero vuelvo a la fiesta que supone el punto de inflexión determinante para su infortunio. Mientras el alcohol, el griterío y el descontrol más absoluto llegan a su punto álgido, Adam Patch, abuelo de Anthony, defensor de la abstención y las buenas costumbres, que ha ido a visitar a su nieto de improviso, se queda atónito ante el espectáculo. Las consecuencias no se hacen esperar y, al morir su abuelo, Anthony Patch, el nieto mimado, no recibe ni un dólar. Adam Patch se convertirá, desde ese momento, en el receptor de todas las neurosis de Anthony y Gloria. Su enemigo común. La obsesión que les mantendrá unidos en un pleito interminable. Recuperar la herencia es algo más que una serie de números en la cuenta bancaria: representa la esperanza de recuperación del paraíso. Es el cáliz que restablecerá todo lo que se perdió en algún momento indeterminado. Porque el instante preciso en el que Anthony y Gloria se pierden a sí mismos, no puede calcularse. Todo queda envuelto en neblina debido a los humores del alcohol y la apatía.


Infidelidad.


La Gran Guerra irrumpe en la vida de la pareja. Anthony es llamado a filas. Durante su breve estancia en el campo de entrenamiento del sur y, a medida que la intensidad de las cartas con Gloria disminuye, comienza un idilio con la joven Dot, una chica muy buena, pero de mala reputación que se entrega sin reservas a Anthony. Dot no tiene la agudeza mental de Gloria, ni la gracia, ni el ingenio, pero es todo lo que Anthony necesita en ese momento: no pensar, no cuestionarse, no sentirse juzgado. Lo que ve Anthony cuando mira los ojos de Dot no es una imagen de sí mismo afeada por el alcohol y las aspiraciones frustradas, sino una devoción pura y sincera. Dot nunca entenderá a Anthony en toda su complejidad, pero Anthony no busca comprensión, sino calma. La calma que sólo el sur de Estados Unidos puede proporcionar:


(...) Anthony y Dot vagabundearon juntos por los sitios que habían recorrido el otoño anterior, hasta que el joven Patch empezó a sentir un suave afecto por aquel Sur, un Sur, al parecer, más cerca de Argel que de Italia, con desvanecidas aspiraciones que apuntaban, saltando hacia atrás sobre innumerables generaciones, hacia algún cálido y primitivo Nirvana, sin esperanzas ni preocupaciones. "La vida nos gasta a todos la misma broma, agradable y angustiosa al mismo tiempo", parecían decir con su grata y quejumbrosa cadencia (...)


Dot no tiene grandes ideales, ni aspiraciones, más que la de esperar a que Anthony vaya a buscarla. Pero la sensación de sosiego de Anthony no puede durar. Una punzada cada vez mayor en el corazón le devuelve al recuerdo de Gloria, que se muestra más escueta y fría en sus cartas.


Después de haberse proclamado la victoria sin haber pisado el campo de batalla y tras separarse de una dependiente e histérica Dot, tiene lugar el reencuentro con Gloria, su amada Gloria, el manantial de la eterna juventud del que bebió hasta embriagarse siendo más joven y en cuyas aguas vuelve ahora a bañarse. No obstante, la realidad no tarda en imponerse; las deudas cada vez mayores, el pleito, los desagravios cotidianos. El manantial no era más que un espejismo.


La verdadera decadencia.


Aquí está, a mi parecer, el meollo de la cuestión. "Hermosos y malditos" no es una crítica a la decadencia de la sociedad, sino un viaje hacia la decadencia de dos personas que, en nombre del amor, se han entregado a un ideal vacío. Vacío no porque la belleza sea vacía, sino porque ellos mismos la han convertido en una cáscara. La sociedad no está en decadencia. Todo alrededor de los Patch cambia, germina, evoluciona. Todo excepto ellos. Sus amigos, de un modo u otro, prosperan. Autoengañándose o no son capaces de transformarse. Richard Caramel, primo de Gloria, se ha convertido en un escritor asalariado, que, sin embargo, ha perdido la frescura de sus inicios. Maury, introvertido, reflexivo y cínico, también ha salido adelante. Bloeckman, magnate cinematográfico, eterno enamorado de Gloria, ha conseguido lanzar su carrera e incluso, durante esa evolución, ha cambiado su apellido para ser llamado Mr Black. No sabemos lo que estas personas han sacrificado de los ideales de su juventud a cambio de su madurez, pero el matrimonio Patch les observa desde el interior de una burbuja de whisky. Sus amigos han aprendido a sobrevivir. Sin embargo, en su ideal de belleza y amor, moverse suponía aceptar el paso del tiempo, salir del adormecimiento, admitir la derrota. Sus rosas no se han marchitado porque están disecadas, ellos mismos las han arruinado. Los ojos de su alrededor ya no se vuelven hacia ellos con envidia, sino con reprobación y compasión.


La muerte de Gloria, en espíritu, llega cuando, tras años pensando en comenzar una carrera en el cine, animada por su amigo Bloeckman, se decide, ya casi con treinta años, a pedirle una oportunidad. Bloeckman o, mejor dicho, Mr Black, le consigue una prueba para un personaje joven, destinado a arrebatar corazones. Gloria, por fin, se enfrenta a su destino y, se da cuenta, tras una torpe y vacía interpretación, de que no sabe hacer otro papel que el de sí misma. Enfrentada a la cámara, pierde su seguridad y capacidad de seducción. La estocada final le llega cuando Mr Black le comunica muy amablemente que al director se le hace demasiado mayor para el papel, pero que pueden ofrecerle uno de viuda. Segunda revelación para Gloria: no sólo no sabe hacer otra cosa que interpretarse a sí misma, sino que incluso para ese papel la edad la está traicionando.


La muerte anímica de Anthony se manifiesta a través de la adicción extrema al alcohol y la necesidad de buscar cualquier trabajo para subsistir mínimamente o, al menos, para comprarse una botella más de whisky. Acepta un empleo como comercial para vender un libro sobre cómo vender y, en su total desesperación, no hace más que caer en el más espantoso de los ridículos.


En tal punto de angustia, adicción y precariedad, la desesperanza se adueña de ambos, tanto de Gloria: "Terminado el primer whisky, Gloria se sirvió un segundo. después de ponerse una bata y de buscar la posición más cómoda en el sofá, se dio cuenta de que se sentía muy desgraciada y le caían las lágrimas por las mejillas. Se preguntó si serían lágrimas de autocompasión e hizo un decidido esfuerzo para no llorar, pero aquella existencia sin esperanza, sin felicidad, le resultaba terriblemente opresiva, y siguió moviendo la cabeza de un lado para otro, la boca temblorosa y con las comisuras caídas, como si estuviera negando una afirmación hecha por alguien en algún sitio. Gloria no sabía que aquel gesto suyo era muchos años más antiguo que la historia; que, durante cien generaciones de seres humanos, el dolor insoportable y persistente ha ofrecido ese gesto, de rechazo, de protesta, de desconcierto, a algo más profundo, más poderoso que el Dios hecho a imagen del hombre, y ante lo cual ese Dios, si existiese, se mostraría igualmente incapaz de obrar. Que esta fuerza - intangible como el aire, pero más precisa que la muerte -, que nunca explica ni contesta, es una verdad grabada en el corazón de la tragedia", como de Anthony: "Pero a Anthony no le gustaba estar sereno, porque eso le hacía consciente de la gente que se hallaba a su alrededor, de la atmósfera de lucha, de voraces ambiciones, de esperanzas más sórdidas que la desesperación, del incesante subir y bajar que en todas las metrópolis se hace más evidente gracias a esa clase media que tiene tan poca estabilidad. Incapaz de vivir con los ricos, Anthony pensaba que después de ellos hubiese preferido convivir con los muy pobres. Cualquier cosa era mejor que aquel cáliz de sudor y lágrimas".


Gloria y Anthony se habían visto juzgados a través de Adam Patch, el abuelo de Anthony, que retirándoles la herencia les convierte en penitentes. Con Adam convertido en el enemigo, la recuperación de ese dinero que, a su juicio, les pertenecía, era una causa noble. Pero, en este final, en esta conciencia desgarradora de la muerte de la juventud y las oportunidades que han desperdiciado, es el mismo mundo el que se convierte en su máximo contrincante. La realidad empieza a tener los colmillos demasiado afilados. Y eso se traduce en miles de focos de agresiones externas que hay que abatir constantemente para poder seguir autoengañándose, para mantener la imagen de sí mismos a la que se consagraron cuando creían ser los dueños del universo. Pero el desgaste emocional que ello supone termina siendo insoportable. El día en que ganan el juicio y la herencia, Anthony ha perdido la cordura. La brecha con la realidad se hace insalvable.


Nunca el paraíso fue tan sórdido. El matrimonio Patch se embarca en un interminable crucero gracias a la fortuna obtenida. Gloria se pavonea con un abrigo de pieles, bella, pero sin ser bella. Anthony no se ha recuperado de la crisis y va acompañado a todas partes de su médico. Pero es feliz, insulsa y mezquinamente feliz. Estos héroes patéticos, ya no son hermosos, aunque lo crean más que nunca. Ahora, simplemente están malditos. Reproduzco las palabras de Fitzgerald, porque nadie como él es capaz de expresar con una ironía tan cruda esa caída de la gracia sin vuelta atrás, esa pérdida definitiva del contacto con la realidad y la enajenación de uno mismo. (Aviso: quien no quiera saber el final del libro, que se salte este fragmento). Anthony Patch está sentado cerca de la barandilla de la embarcación, mirando al mar:


(...) No; le preocupaba toda una serie de reminiscencias, de manera muy parecida a como un general puede repasar una campaña triunfal, analizando sus batallas. Pensaba en las privaciones, en las insufribles tribulaciones que había tenido que soportar. Todo el mundo había tratado de hacerle pagar los errores de su juventud. Había estado expuesto a la miseria más inhumana, sus mismos anhelos de aventuras románticas se habían visto castigados, sus amigos le habían abandonado.... incluso Gloria se había puesto en su contra. Se había quedado solo, completamente solo... haciendo frente a todos.

Hacía aún muy pocos meses, todo el mundo le instaba a que se rindiese, le pedía que se sometiera a la mediocridad, que se pusiera a trabajar. Pero él sabía que su manera de vivir estaba justificada; y se había mantenido en sus trece sin desfallecer (...).

Tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaba la voz mientras hablaba en susurros consigo mismo.

- ¡Se lo he demostrado! - estaba diciendo -. ¡Ha sido una batalla muy dura, pero no me rendí y he conseguido lo que quería!


Pese a que no constituye el tema central, por supuesto que existe un relato sobre la sociedad y su comportamiento. Fitzgerald reproduce en situaciones y diálogos multitud de personalidades, atadas también a sueños, frustraciones e hipocresías. En todas sus páginas, el amor se presenta como una bella excepción, como agua que se escapa entre los dedos. Todo lo que una vez fue bello termina mutilado por la soledad, la descomposición producida por el tiempo y la reacción al paso de este. Anthony y Gloria, caricaturas de sí mismos, finalmente tampoco consiguen desentrañar el enigma.


El título de la obra, ateniéndonos al final, bien podría ser "Mediocres y malditos". Pero Fitzgerald escogió el nombre de su novela con un gusto increíble por lo fatídico y lo irónico. Porque Anthony y Gloria un día amaron y brillaron.


Me despido con esta magnífica escena de "Días de vino y rosas", que me recuerda poderosamente a la tragedia por obra y gracia del matrimonio Patch.


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© 2020 por Carolina Corvillo.
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