Entrevista a Patricia Iniesto acerca de su poemario "Cosmogonía de la luz y del invierno".

Hoy tengo en Quills el placer de entrevistar a Patricia Iniesto, autora del poemario "Cosmogonía de la luz y del invierno", ganador del primer premio La Nunca XIII y recientemente publicado por Ediciones Oblicuas y ya disponible en las webs de La Casa del Libro, Central Librera y la tienda online de la propia editorial.


Es siempre complicado hacer una crítica sobre poesía, sobre palabras que se alienan de sí mismas para hacer visibles los intersticios del tiempo, el sueño, la memoria, todo aquello que sucede entre el no ser y el ser y viceversa. Cuando mencionas su nombre ya no está. Si el verso se explica (o se intenta explicar) se vulgariza porque el poema es un universo contenido en sí mismo. "La poesía no se explica, su realidad solo la nombran sus propias palabras" (Gamoneda). Ahí reside el componente mistérico, ritual e iniciático de la naturaleza poética.


Teniendo en cuenta eso, aquí van algunos retazos de las sensaciones que este poemario me ha

transmitido. Versos convertidos en cúmulo de masa, de sueño, de pájaros y peces, en los que el mar, el cielo y la tierra se entremezclan para formar paraderos insospechados en los lugares que siempre hemos creído comunes. La lluvia salpica el conjunto; una lluvia que cae desde el exterior y desde interior ("La lluvia, como un agujón mudo,/también la llevamos dentro). El verano, el otoño y el invierno (omnipresente) le sumergen a uno en vientres preñados de recuerdos distorsionados por el frío (o tal vez conservados por él en el lugar equivocado). Se redefinen el espacio, el lenguaje de las estaciones ("El otoño, en algunas zonas de nuestra geografía,/es una especie en peligro de extinción) y el tiempo ("Recuerdo un tiempo en que el invierno/ era una densa sucesión de domingos"). Se vuelve la vista a ellos para tomar consciencia de un presente ausente, tal vez para comprender algo cuando ya es demasiado tarde.


Los cadáveres exquisitos conjugan gargantas, charcos y océanos, provocando que lo pequeño y lo inmenso se unan simbióticamente ("Hubo una vez un mundo que cabía/en la ventana de un piso bajo"). La primavera, apenas presente, se revela artificial; queda exiliada de esta cosmogonía que parece descomponer en moléculas inconexas la percepción que tiene el individuo de sí mismo a través del tiempo; un ser que parece perderse en los momentos confusos de la vigilia y el momento previo al despertar ("que los tópicos latinos se agoten en tu almohada") para cobrar verdadera consciencia de sí mismo posteriormente, como cosmogonía compuesta de luz, frío, y reconstrucciones imprecisas de la memoria.



Tiene sentido que la primavera no anide en estos versos de serenidad profunda y sencilla. La estación de Kore es para expandirse hacia adelante, brotar, arder hacia fuera; el frío, para volver la vista atrás, para armonizar el caos, para arder hacia dentro. Puede que ese fuego helado interno, sutil pero constante, ese invierno que siempre palpita dentro (bajo nuestros párpados), incluso en el estío, sea la causa de un escozor de hielo que hiere y sana al mismo tiempo, una caricia de vibración cósmica que nos regala Patricia Iniesto a través de su particular cosmogonía.


¿Cómo surgió Cosmogonía de la luz y del invierno?

Surgió como el resultado de un proceso largo. Un punto y aparte que recoge momentos concretos de mi propia biografía emocional y que son un homenaje a lo cotidiano: una calle cualquiera, un bar que ya no existe, una película... Todo puede convertirse en motivo poético si ha sido capaz de desatar emociones. Por otra parte, Aunque antes de Cosmogonía había colaborado en publicaciones periódicas y antologías, este poemario es mi primer libro y quizá por eso se centra en explicar un universo relativamente amplio. Cuando el título se me apareció, casi como una revelación, supe que tenía que ser ese y no otro. El mundo que pretendo reflejar está contenido en esa antítesis. Después llegó la posibilidad de probar suerte en un concurso como La Nunca, de Ediciones Oblicuas, y gracias a que resultó premiado pudo publicarse. Sin esa confianza sé que no me habría atrevido a sacar estos poemas de su cajón.


El poemario está estructurado en tres partes. La primera es "Cosmogonía", la segunda "Luz" y la tercera "El escozor del hielo". ¿Qué criterio seguiste para organizar los poemas?

La primera parte, "Cosmogonía", incluye los poemas que están más vinculados a los recuerdos de la infancia. En la segunda parte nos encontramos con una luz que se percibe desde el presente y que en cierto modo hiere porque se asocia, paradójicamente, a lo más oscuro del verano: la torpe lucidez del insomnio, la sed, el preámbulo del otoño que siempre intuimos en algún momento. Es una especie de nexo entre entre la primera parte y la tercera, donde decido dar un giro al título: el invierno no es sólo eso, sino el reflejo de algo mucho más doloroso, de heridas más recientes, más profundas, de ahí que se transforme en "El escozor del hielo".


¿De qué se alimenta tu poesía?

De la experiencia y del recuerdo. Por eso la infancia perdida es uno de los elementos recurrentes en ella, aunque también es experiencia lo que sucedió hace solo unas horas. Y por ese mismo motivo está tan presente el tiempo cronológico materializado en las estaciones del año, en la lluvia, en los charcos, en la luz que a veces aparece, no como un símbolo del optimismo, sino como el elemento que me hace posible visualizar la experiencia pasada y de esa manera poder revivirla.


¿Cuánto tiempo tardaste en elaborar este poemario? ¿Cómo fue el proceso?

Cosmogonía de la luz y del invierno se formó mediante un proceso lento y desordenado. Algunos de los poemas que lo componen tienen unos seis o siete años, pero otros fueron escritos cuando ya el libro comenzaba a estar bastante definido. Últimamente varias personas me han preguntado de dónde saco el tiempo para escribir y se suelen sorprender cuando respondo que no necesito el tiempo, solo la idea. Escribo de una forma bastante intuitiva, guardo y después ordeno. Esa última parte del proceso, que es quizá la que requiere más disciplina, es también la que más me cuesta, pero en este caso me ayudó poder tirar del hilo que el propio título me estaba ofreciendo. Construir un poemario es algo semejante a salir de un laberinto.


¿Podrías hablarnos acerca de las referencias a la mitología en tu poesía?

Conocer los mitos nos reconforta porque a través de ellos podemos explicarnos a nosotros mismos. Todos, en alguna ocasión, hemos sentido la carga de Sísifo o nos hemos sobresaltado al descubrir, como Creúsa, lo efímero de la existencia. En otras ocasiones el mito no solo se manifiesta en mi poesía como un símbolo, sino como una expresión real. Es el caso de poemas como “El vuelo de Ícaro”. Conocí este mito en el colegio, en un ejercicio de comprensión lectora, cuando tenía unos siete años. De aquello recuerdo una pregunta muy concreta: “¿Qué momento de la historia es el que más te ha gustado?” A mí me fascinaba el final, el instante de la caída, pero, sobre todo, la felicidad previa que se anticipaba a la tragedia. La profesora me obligó a borrar mi respuesta varias veces, tantas como me empeñé en escribir que, sin duda, lo mejor era el final. Sigo pensando que a veces merece la pena caer. Por otra parte, teniendo en cuenta que mi poemario recrea en bastantes ocasiones un mundo mítico y mágico como es la memoria, necesitaba un texto que recreara el origen, de ahí que Popol Vuh, libro sagrado para los mayas (cultura que me fascina) tenga su espacio-homenaje en la introducción.

¿Qué es poesía?

Una vez escribí lo siguiente para definirla: “El poema es puro desorden, trazo rebelde. No exige planificación ni entiende de disciplina horaria. El poema es intuición. Está ahí y no sabes desde cuándo”. Me sigo quedando con esa definición, tanto para explicar el poema concreto como el propio género.


¿Cuáles son tus principales influencias?

Nunca he sabido reconocer mis influencias. Me gusta jugar con la intertextualidad y en mi poemario se encuentran citas de Jaime Sabines, Ángel González e incluso Augusto Monterroso. Eso no significa que toda mi poesía este construida bajo ese influjo, sino que un texto concreto supo transmitirme algo en un momento preciso, de la misma forma que en otras ocasiones me han inspirado Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro... Lo bueno de dedicarme a enseñar literatura es que yo también vivo en un continuo aprendizaje y que siempre estoy expuesta a posibles influencias.


¿En qué nuevos proyectos andas embarcada ahora mismo?

Mi creación literaria nunca ha estado enfocada hacia unos proyectos concretos. Seguiré escribiendo de la misma forma intuitiva y desordenada que he hecho siempre hasta que todo ese proceso se concrete en alguna nueva forma. Sí debo decir que en los últimos meses he ampliado mis horizontes creativos y me he aficionado bastante a la escritura de microrrelatos. Quizá siga por ese camino.


¿Qué libros nos recomendarías para adentrarnos un poco en el universo de Patricia Iniesto?

Recomiendo uno de los últimos libros de poesía que he leído: Rotundamente negra, de Shirley Campbell. Se trata de una obra que reivindica con fuerza (y con rotundidad) la dignidad de otras voces. También me gusta la prosa que no desdeña el lirismo: me encantaron Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà y La ternera, de Aurora Freijo. Y no me perdería algunas de las voces que están llegando desde el otro lado del charco, como Lorena Salazar Masso, autora de Esta herida llena de peces.


Patricia Iniesto es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en El Mundo Clásico y su Proyección en la Cultura Occidental por la UNED. Actualmente ejerce como profesora de Lengua Castellana y Literatura en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Algunos de sus poemas han aparecido en las revistas literarias Cuadernos del matemático, Qí y Sapos y culebras. Ha obtenido premios poéticos como el Ciudad de Getafe, el organizado por la Universidad Autónoma de Madrid o el Voces Nuevas. Cosmogonía de la luz y del invierno es su primer poemario.

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