OSTARA (PARTE I)

Voy corriendo de camino a la parada del autobús. Llego tarde. He llenado demasiado las bolsas del supermercado —tiendo a hacerlo desde que comenzó la cuarentena, como buen monito imitador— y mis brazos están pagando la falta de ejercicio durante estas semanas. Tendría que haberlas llenado menos, pero, por otro lado, tampoco quería que, en el caso de que me pillaran, lo hicieran con una sola barra de pan y una caja de bolsitas de té de marca blanca. Hay que guardar las apariencias en el Apocalipsis.

Está ahí. Es un alivio que esté esperándome.

—Siento llegar tarde —susurro al hombre, soltando las bolsas en el suelo. Me siento aliviada y ridícula. Él me mira de arriba abajo, se cerciora de que mi imagen coincide con la de mi perfil de Whatsapp, pero frunce el ceño

—¿Puedes...? —hace un gesto como para que me aparte la mascarilla.

—No debería...

—Venga, joder, prometo no escupirte.

Lo hago el tiempo justo para que me identifique.

—¿Has traído el dinero?

—Sí. —Le tiendo cincuenta euros.

—Aquí tiene, señorita. Buen viaje.

Hace un gesto militar para despedirse y se da la vuelta.


Vuelvo a mi casa, con la sustancia entre mis manos y una sensación inusual de ligereza. Al cerrar la puerta me doy cuenta de que la sensación de ligereza se debe a que me he olvidado las bolsas en la parada de autobús. «Idiota», pienso. Pero no pasa nada. Lo importante se encuentra dentro del gotero de cinco centímetros de altura que ahora se encuentra sobre mi mesilla de noche.

Cuando abro el pequeño frasco, la primavera se adentra en mis fosas nasales. Hay belleza y ternura en un principio, como si fuera un educado visitante que llega sediento. Su mirada es limpia, algo melancólica, y trae consigo un ramillete de flores silvestres que por el día lucen bonitas y tímidas, pero que por la noche emanan la esencia misma del bosque. Ese bosque en el que los espíritus de las bacantes llevan siglos danzando, embriagándose y despedazando a los incautos que aún piensan que Dionisos es un dios bobo.

El bosque no está solo; el bosque son miles de ojos siempre abiertos en algún momento del día o la noche. El bosque es Ofelia soñando que su cadáver se pudre en el río. Insomnio constante y sueño constante. El bosque es sufrimiento, savia, sangre y renacer continuos. Es muerte y crueldad, pero también sexo y sabiduría. El bosque es el lugar donde los amantes buscan refugio, la cabaña donde los niños ponen a salvo su infancia y donde, al ser adolescentes, la pierden. El bosque es donde el perturbado, detrás de un árbol, observa, sin poder evitar tocarse, a la chica tímida que solo en el bosque se atreve a cantar.

El educado visitante, después de calmar su sed, cuenta una historia. A medida que sus palabras fluyen, su cuerpo se transforma hasta convertirse en una mujer con la piel verdosa y cabellos de madreselva. Lo único que queda de la visión anterior son sus hirientes ojos amarillos. Las raíces brotan de las plantas de sus pies, que sangran savia. Asegura que va a quedarse a dormir esta noche. Solo esta noche.


Fotografía de Mara Saiz
Ostara

Fotografía: Mara Saiz Photography Texto: Carolina Corvillo Escritora

Inspirado en el perfume Ostara de @magenta_hypodermic

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